Un día todo nuestro, de amplitud luminosa,
al que no dimos sombras ni crepúsculo dimos;
de énfasis perdurable, de vigor e intenciones,
pero que prontamente se nos quedó dormido.
Y fuimos madurando, más bien envejeciendo,
y fue el cielo azul claro tornándose plomizo,
y los amores de oro volviéndose de estaño,
congelándose en sombras el fondo de uno mismo.
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